Hidrógeno verde y electromovilidad: ¿por qué no compiten entre sí y qué industrias usarán cada una?

El avance del hidrógeno verde en la transición energética no desplaza a la electromovilidad tradicional, sino que la complementa en ámbitos donde las baterías encuentran límites técnicos. Ambas soluciones responden a aplicaciones diferentes dentro de un mismo proceso de descarbonización, lo que reduce la idea de competencia directa entre ellas, afirmó Ricardo Lizana, director del Centro de Energía de la Universidad Católica de la Santísima Concepción.

Según el especialista, la discusión dejó de centrarse en cuál tecnología sería dominante para convertirse en un análisis de coexistencia. Mientras los vehículos eléctricos a baterías se consolidan en flotas urbanas y de transporte ligero, el hidrógeno verde gana terreno en sectores industriales, transporte pesado y operaciones de larga distancia, donde la densidad energética y los tiempos de recarga se vuelven factores críticos.

«Todas estas tecnologías son estratégicas porque cubren aplicaciones específicas. Plantear que solo una permite resolver el problema del cambio climático limita nuestra capacidad real de reducir emisiones y de proteger el ecosistema», afirmó Lizana.

Además, ambas alternativas comparten desafíos comunes ligados al despliegue de infraestructura, generación eléctrica renovable y requisitos regulatorios. En los dos casos se requieren nuevos estándares, procesos de certificación, permisos ambientales y sistemas integrados de carga o abastecimiento.

El académico enfatizó que la electromovilidad se proyecta como la solución más competitiva en el corto plazo para autos y transporte liviano, debido a la disponibilidad creciente de puntos de carga y la madurez tecnológica de las baterías. Por su parte, el hidrógeno verde avanza como alternativa estratégica en minería, logística pesada, transporte marítimo y procesos industriales, segmentos donde la electrificación mediante baterías resulta menos eficiente.

En ese contexto, la transición energética no se plantea como un escenario de exclusión tecnológica, sino como una combinación de vectores energéticos que contribuyen a reducir emisiones y aumentar la competitividad del sector transporte y productivo.